martes, 9 de enero de 2018

Hay en nuestra vida, a pesar de todo, mucha más belleza de la que podemos digerir, de la que podemos soportar.  Llega la noche y, quizá casi todo tiende a la horizontalidad.  Dicen que decía Freud sobre la tendencia inexorable de la materia a la horizontalidad, y tal vez acertaba.  Yo, en todo caso, en estos dos últimos años he tenido tendencia a la más drástica y escandalosa de las horizontalidades inermes varada  en cualquier playa con un pensamiento quieto.

No obstante, quiero y deseo que alguien me salve de esta horizontalidad mental a la que parezco abocado.  Llevo la horizontalidad en la cabeza.  Llevo la cabeza erguida verticalmente y, el sueño –ay-, el sueño denso y el dormir inquieto.

Nadie puede salvarse así, con tanta incertidumbre por todas partes.


Claustrillo de la cartuja de Aula Dei

sábado, 6 de enero de 2018

Recuerdo como, al principio de venir aquí, esos días de letra urgente y nerviosa, letra plácida y gratificante, además de impaciente por escribir todo aquello –y más-  que pudiera ser escrito…, recuerdo esa urgencia que no iba a ninguna parte pero que para mi era apremiante, incluso sumamente importante.  Rápidamente llegué a la forma instintiva de lo que podríamos llamar, todavía hoy, Escritura Automática.  Y así no había tregua: todas las palabras salían en tropel, a borbotones pero, no sé por qué la intuición decía que llegaban a la superficie ordenadas, disciplinadas e, incluso, con argumento instintivo.

Había días (y ha habido muchos más) de instantes supuestamente gloriosos en los que la prosa era un río hondo y rápido que fluía hacia la plácida ensenada del papel y, al aún más hondo lago donde las ideas, ensueños y percepciones tomaban cuerpo y forma, fuste y solidez de pensamiento.

Había días en los que, sin pretensión ni pedantería alguna, uno tomaba consciencia y conciencia en que todo aquel tropel de palabras teóricamente apresuradas le pertenecían por completo…

Había días en los que uno, por derecho propio y/o adquirido, era el dueño absoluto e incondicional de todo aquel bloque de palabras que, en su conjunto, formaban una prosa coherente y cohesionada.


Había días, también, en los que probablemente la prosa era liviana y exquisitamente comprensiva con el universo, pero sobre todo –quizá era así-  con la lírica eterna del universo, y entonces, en esos momentos, escribía y escribía sin cesar sin que importara nada más y absolutamente consciente de poseer una libertad intransferible que sólo uno se había ganado.

Llegan las ninfas de la tarde. Óleo y mixta sobre lienzo, 114 x 146 cm. Obra de 2016.

miércoles, 3 de enero de 2018

A veces, aquí en la bodega, no traigo nada, o casi nada.  No traigo libro, ni libreta, ni folios, ni pluma, ni carpeta, ni lengua, ni palabras, ni garganta con la que pronunciar esas palabras.

A veces no traigo ni el cuerpo porque me lo he olvidado en casa y, resulta, sin embargo, que he traído la cabeza, sí, pero se me olvidó la mano derecha…, y es entonces cuando haciendo alarde de mi condición de ambidiestro escribo sobre el mármol de la mesa con la mano izquierda y, ésta, se las arregla con más o menos desparpajo para encadenar las palabras con sus comas, acentos, puntos suspensivos…


A veces  me olvido todo en casa; es decir: me dejo el cuerpo entero…  brazos manos, piernas, cabeza y, e incluso el pensamiento; pero como el pensamiento –ya se sabe- va por libre, éste, se viene por las calles, se moja en las fuentes y chapotea en los charcos. Y sólo entonces sé que todo transcurre como si tuviese un doble cuerpo y, a veces, tal vez sea así, pero no lo tengo claro.

sábado, 30 de diciembre de 2017

29, diciembre, 2017

Cómo volver a los latidos interiores,
aquellas abstracciones que conducían
a la antesala de un Olimpo profano.
Cómo retornar al alba roja
de las madrugadas insomnes,
al ensueño perezoso,
al perenne misterio de los puentes
para volver a atravesar el gran río
hacia los cuerpos de la vida,
a las amplias ensenadas donde sólo habitan
palabras en el viento…
a las grandes autopistas
navegando por los cielos.
Dónde subir a la nave de los vientos
para atravesar sobre ella los océanos de tiempo.
Cómo, cómo acceder a aquel automatismo de la escritura
que desemboca en el jardín virgen de las palabras gloriosas,
gloriosas por auténticas, gloriosas porque
estrenaban    el mundo cada mañana.
Y cuánta ruina presente en el jardín
semiderruido de la prosa.
Y cuándo abrir las puertas, en qué momento,

hacia el utópico mar de las nereidas. 

domingo, 17 de diciembre de 2017

15, diciembre, 2017

La exposición va bien, viene bastante gente, algunos se entusiasman y, de vez en cuando dejan sus notas o misivas en una libreta que, curiosamente, no era para tal cometido sino simplemente ornamental: una librea para un café clásico o atemporal.  Las notas, como suelen ser en estos casos, son de lo más efusivas y ensalzan, casi sin límites, la técnica, la atmósfera del conjunto, la temática o, simplemente, la poesía o la lírica de dicha temática.

Algunas tardes, tal como hoy, me dejo caer por la exposición durante unos instantes como un visitante más, y me siento en una silla, apoyo los brazos sobre el mármol de la mesa  (traída ésta a propósito para recrear el ambiente de un café)  y leo, “secretamente” y medio a hurtadillas, los múltiples comentarios que me dedican.  Luego, casi seguidamente, salgo de nuevo a la calle, al frío, al silencio existencial y, el frío, como casi siempre, no es excesivo, pero yo siento mucho frío, demasiado, y hay veces –muchas-  que no se distinguir si es un frío real, si es soledad, intemperie o, vulnerabilidad simplemente, lo cual ya es demasiado.


¿No ha sido usted nunca alguna vez excesivamente vulnerable?

Tarde en la bodega, 100 x 73. Técnica mixta sobre lienzo, 2017.

viernes, 15 de diciembre de 2017

4, mayo, 2017

El miedo, asciende (o desciende, según) por alguna de las calles que van hacia el gran río o regresan de él.

El miedo, corriente imperceptible que te coge de pronto en la esquina de una avenida.  Él, el miedo, viento leve escogiendo el recorrido por calles y plazas, al azar; aciago verso suelto o prosa desgarrada que diversifica y multiplica su corporeidad invisible, sí, porque tiene cuerpo (y quisiéramos que no tuviese cuerpo porque nos llena el estomago de aire que nos impide respirar).

El miedo; miedo y frío, frío y miedo, los dos juntos en un azaroso vuelo a ras de calle, a ras de pecho, del estomago, los pies….  Frío inverso ya a inicios de mayo, cuando el teórico –y metereológico- calor llega a las ciudades… -ay-  pero no a las almas, almas laicas que sólo desean ver la luz: la que sea y de donde venga, luz de la vida que, a veces, demasiadas, sólo vemos en declive.  Y, el declive, ¿qué es?  El declive es una abstracción que normalmente sólo habita en nuestro pensamiento y nos puede arrastrar a “la muerte en vida” muy anticipadamente, con urgencia y a destiempo.


Pero tú, tú, ya sin preámbulos… ¿tú me amas?  Y si me amas,  ¿quién eres tú? 


Téc. mixta sobre lienzo (pequeño formato). Obra de 2015. Incierta soledad.
Día denso, de miedos múltiples en desorden de puzle desmembrado.

Es sabido que cierta <<densidad>> no permite ver la luz; la densidad en desorden tal vez…  Pero yo sólo buscaba la claridad anárquica que me permitiese un respiro inmediato, un salvavidas urgente que me haga creer, sin cuestionar, que los minutos siguientes al menos no van a ser sórdidos o aciagos.

La densidad…   Quizá la densidad va muy unida a la tensión, la ansiedad, la dispersión, el desorden, ese desorden que nos sepulta a veces en la confusión y el miedo.

El miedo –a veces- es el propio ombligo, el pensamiento en círculo, el pensamiento ensimismado sin ida ni retorno, en punto muerto y reincidente.


El miedo, también y sobre todo, es el miedo al amor (en un momento dado), a perder el amor y sobre todo -¡ay!-, a no volver a encontrarlo.



Óleo sobre lienzo (pequeño formato), expuesto en el Centro de Historias hasta el 7 de enero.  Obra de 2017.