domingo, 13 de agosto de 2017

<<La belleza convulsa>>  era algo latente, casi fijo, casi inmutable, viaje paralelo –que hacemos algunos- desde la segunda infancia.  Yo lo sabía, lo sabía por instinto.  Mas adelante lo afirmé, rotundamente, casi sin saberlo, en esos monólogos adolescentes donde la vida se vierte y revierte, del revés, por todas partes, o nos lleva de golpe a su doble fondo luminoso, drástico y mortal  (al final todo es mortal: se empieza por un adjetivo y  se acaba en un velatorio, el propio o el ajeno, pues da lo mismo).

Sí, <<La belleza convulsa>> es, era y será algo primario y latente que se sabe, se intuye, se conoce, aunque no todo el mundo, y eso es así, qué le vamos a hacer.

Creo que ya anoté aquí algo de todo esto, y ahora, es la segunda vez, pero no importa repetirse, repetirse lo que sea necesario.  La sordidez es algo neto y cotidiano para millones de seres y, nadie salimos indemnes de tal sordidez, y no por ello nos hablan o hablamos de ello constantemente; entonces, ¿cómo no hablar (siquiera en grandes palabras interiores) de <<La belleza convulsa>> como “descubrimiento” personal, y pasional, ya en un remoto día, un día casual y glorioso?

No hay plagio, ni remoto ni cercano, al hacer nuestro  (“mío”) un título de libro, ya antiguo, de un escritor fallecido.  <<La belleza convulsa>> es algo universal que pertenece a todos, y siempre será así, y es tener el honor, la suerte o la lucidez de haber descubierto esa belleza convulsa, quizá demasiado pronto, para mayor disfrute o, tal vez, para mayor desolación, para mayor convulsión de toda una  vida.

Diciembre, 2015

 

miércoles, 9 de agosto de 2017

7, NOVIEMBRE    

Tengo conmigo, todavía, el recuerdo emocional de las noches  en King-Tuen.  No sé si siempre estarán ahí. Y si se van, ¿qué quedará entonces?

Cielos inhóspitos que no conozco, mares desbordados que se intuyen, ráfagas de viento presagiando algo, no sé qué.

En el centro de la depresión de este gran valle, donde nací, ya se cierne el invierno, ese frío indescriptible que llegará a los interiores más ocultos donde la luz sólo es un pensamiento remoto, quebradizo y sin nombre.

La luz estaba en ti, lo recuerdo, pero, perdidas las nociones del tiempo, ya no sé quién eres tú, no te conozco; no me conozco.

Y aún con todo, sueño constantemente, con precipitada urgencia, quizá por los senderos de un laberinto que concluye en el abismo.

Y siguen viniendo, ellas, noches en desbandada que traerán un vacío innombrable.


7, NOVIEMBRE

(((Dime, por favor, si puede ser, qué sentido o utilidad tiene el Pudor, ese Pudor que viaja gran parte de la vida a nuestro lado.

Si yo te digo, sí, el manifiesto deseo de escuchar tu voz, tal vez vuelvas –desde lejos-  la vista al horizonte, y calles, deliberadamente.

Pero, ¿es esa tu voz, esa luz dubitativa, temblorosa, de un alba incierta que no sabemos si vendrá?

Dime (no espero respuesta), ¿ha de venir el alba en días posteriores,  o sólo será una mirada virtual, una fotografía, un ensueño más, de colección, caminando hacia falaces primaveras?)))

7, noviembre, 19 horas.










7 de noviembre

He cogido el periódico, al fin, en el café Guang Choung Li (hacía tiempo que no venía),  pues tenía la cabeza saturada de prosas, quizá estériles y además desordenadas, agrestes, intensas, rabiosamente coloristas algunas, y necesitaba descansar, distraer el pensamiento, ahuecar un poco los sueños, muy comprimidos éstos, muy densificados, igual que las nubes que transitaban, allá arriba, cargadas de agua estéril por un cielo desolado que ignora en qué estación del año está.

He cogido el periódico, sí, y he pasado páginas y páginas, sin apenas leer nada.
Mientras, las prosas seguían su rumbo, tan densas, ya digo, en lo más intrincado del pensamiento.

Las he dejado libres, a su aire, y he sacado la pluma, una vez más, para que se explaye a placer por donde quiera y le plazca a cada instante.


(Noviembre, 2014)

jueves, 27 de julio de 2017

OTOÑO

¿Recuerdas cómo eran las luces por aquellos márgenes de la tarde?  ¿Quién recuerda las bifurcaciones que conducían a las ermitas, los soles falsos, o, el doble arcoiris sobre los mares inciertos del cielo?

¿Quién recordará, quizá todavía, mi mirada exenta del tiempo, incluso del mundo?
Recordar el frío de la tarde, las ensenadas temblorosas de los cielos, el rojo fuego en el horizonte terminal, quizá iluminando mis pupilas sin saberlo.

Recuerdo, en todo caso, situaciones tensas de las que sólo yo era el responsable.  Luego, vinieron más situaciones igualmente tensas –sin motivo aparente alguno- para mí.  Pero ese era mi drama transitorio, mi penitencia de no sé qué y mis miedos/demonios interiores.   Ay…  los miedos personales, actuando de forma irracional y yendo a contracorriente, sin conocer la diplomacia ni por supuesto  -esto es peor-  la piedad última, ese devenir anímico en el que el ser humano colisiona frontalmente contra el muro de la realidad.   Y resulta que la “realidad” puede llegar a ser la mayor abstracción de nuestra vida y la mayor obstrucción para nuestros actos.


Yo sólo quiero una “realidad” irreal que me vuelva a llevar a esos mundos, a esos universos sin aparente retorno, sí, por favor.  Nunca el retorno.

martes, 25 de julio de 2017

INVIERNO

Salgo de la exposición, ya de noche, con la mente disgregada y la confusión confusa…  Vaya tontería, pienso, y quizá me río interiormente,  aunque he perdido la capacidad de reír.  Quizá no me río, o tal vez lloro
pensando que vuelo.   Tal vez no dejé de volar nunca y, sin embargo, sólo sigo viendo sordidez por todas partes y poco más, muy poco más.


Sigo pensando, por las calles nocturnas e invernizas.   Uf…  ¡Qué locura!, y respiro, ya lejos de la exposición del amigo.

Tal vez una de mis “cualidades”   (entiéndase: una de ellas)  es atraer y/o conectar  (y luego desconectar !lo antes que puedo¡)  con gente poco, digamos… poco equilibrada;  sí, eso que comúnmente se dice son los locos a secas, o, locos inteligentes.  Pero lo que más me fascina de ellos/ellas es su no-infelicidad, aunque podría decir su “felicidad”, pero creo que no es así exactamente.   Llevo años observándolos y, casi con toda seguridad,  la mayoría de esa gente extraña que tanto te absorbe las energías –eso creo-  seguramente no está tratada y, además, no sale de su mundo o de su particular esfera.

Sigo tomando aire, casi a bocanadas violentas, pero disimuladas.  No sé, por más que lo pienso es que no  sé de dónde viene, por dónde llega, de qué extraño estado procede esa no-infelicidad, incluso esa cierta placidez, esa calma de un universo aparentemente unificado.  En momentos así es cuando enfilo la primera avenida, casi con urgencia, para aplacar el pensamiento, y a veces él, mi pensamiento, parece que me comprende y se calma y se relaja, y sólo se deja caer en los rostros de mujeres más bellas que se cruzan con el mío, pero ya empieza a darme pudor, y ese pudor me aterra, me aterra mucho, muchísimo, tal vez porque en parte me destruye interiormente, destruido para nada, por seguir conociendo la noche del ensueño en toda su grandeza, su plenitud, su dramaturgia sin fisuras.



Ay, qué temblor (íntimo) del universo.

viernes, 21 de julio de 2017

((A ver que os parece este comienzo para nueva exposición))
1.-         TEXTO  INICIÁTICO

Habiendo viajado, tal vez, por todos los desvanes del tiempo; quizá habiendo surcado algunos cielos desvencijados, sin solución de continuidad.  Habiendo pisado los largos caminos enfangados por homicidas tormentas venidas desde la región del caos hemos recalado en la magnanimidad del Puente, o de todos los puentes,  porque todos son el mismo Puente.
 Y eso sí que asusta.

Pasemos, pues, a la otra orilla, aunque sea con toda la crudeza de los sueños desvelados de grosera realidad, de insano escepticismo (tan reaccionario), de lo que sea.

Pasemos con urgencia a la otra orilla,  pues en ésta –parece- ya todo se derrumba y, al menos esta tarde, no deseo morir.

¿Vienes conmigo, a visitar la otra rivera, por cualquiera de sus puentes?

sábado, 15 de julio de 2017

A veces, me agarro a la `identidad´, débilmente, y sé que es un instinto, instinto primario que accede a mí como un salvavidas. Hay una dispersión eterna del mundo, esa que nos dispersa cuando nos alejamos de él.


Nada tan irracional como “alejarse” del mundo cuando estamos (o no estamos) en él permanentemente. 




Hay un inmenso cansancio de siglos, agotador, que sentimos como si en algún momento hubiéramos vivido esos siglos. Hay algo atávico que siempre nos lleva a una lejanía incierta, lejanía inciertamente lírica y peligrosa; lejanía que bordea el abismo y, una vez más, nos vuelve dispersos y huérfanos del mundo, sí, huérfanos en un inmenso mundo de percepciones cruzadas y sentimientos ambiguos y contradictorios sin fin.

viernes, 14 de julio de 2017


Han caído todos los velos para cubrir la luz de la primavera. Pero nadie se instala en la sombra simplemente porque sí.  Y nadie domina la misteriosa y aciaga ciencia de hacer que todos los velos existenciales puedan cubrir la luz del mundo, esa luz tan urgente que, sencillamente, se necesita para vivir.

Han caído todos los velos, venidos de no sé dónde, para intentar cubrir la luz,  ya tan intensa.

A mi no me importa, aunque la veo distorsionada.  El oftalmólogo dijo que  tenía una óptima visión, pero lo cierto es que muchos días, demasiados, no veo y voy a ciegas por las calles, y no sé de dónde viene esta <<ceguera>> que me succiona la luz y me impide reconocer las formas en las calles, los bulevares del mundo, las inmediatas metáforas materializadas y, las sempiternas caderas de las muchachas más exultantes,

etcétera….