sábado, 15 de septiembre de 2018

 2015

Cuando yo me levante desnudo esta noche y, veas así, ante ti, el drástico rigor de los años…

Si me levanto despacio para abrir la ventana y pensar, o querer creer que la leve humedad (y la única luz) todavía podrá venir desde Oriente…

Si bajo a la calle y, aún desnudo, voy hasta ese mar interior, a ese desolado puerto deportivo y encuentro allí, sobre una pequeña embarcación a Wein Li, esperándome, y diciéndome en voz muy pero que muy baja que nada es imposible.  Quizá yo le escuche entonces; quizá reanude ese magistral arte de los sueños, esos que nunca abandonaron todo mi mundo, nunca, y hasta tal punto de  llegar a materializar muchas de las vivencias que alguien de ustedes, seguro, creían imposibles o exageradas.

Vean pues, esta noche, sobre el amplio espacio azul ultramar oscuro. De nuevo Selene desplaza todo su inmenso universo con Wein Li, sí, hacia Wein Li.

-Pero, ¿ya quieres seguir a Selene, hoy, ya tan pronto de habernos conocido?

-Dime entonces, ¿qué argumento de peso habrás de darme para que evite este largo y raudo viaje imprevisible que hoy me espera?       No te confundas. Yo siempre he sido así.

-Ve pues, hasta esos montes del norte de Oriente, en China, pues ya no recordaba la drástica velocidad ente tu partida y posterior retorno. Ah, y dale recuerdos a Wein de mi parte.


-Se los daré.

martes, 31 de julio de 2018

28, ENERO, 2015

La noche de las ciudades. 

Las ciudades en la noche…

Esa ráfaga violácea y torneada de muslos que se elevan a lo alto. Esa oleada de cabellos rizados al viento; esa pléyade de estrellas silentes que fenecerá sobre el anonimato y el sigilo, la quietud, la violencia contenida o el caos siempre magistral y secretamente ordenado del universo.

Las ciudades en la noche, esa luminiscencia que cerrará o abrirá las ventanas de la mañana una vez más; esas ventanas  cíclicas, estadísticas, que también habrá de cerrar el córvido vuelo de la noche.

Han puesto esta tarde-noche –una vez más- todas las avenidas y bulevares, así, tan sólo para los invitados de las luces y múltiples decorados de fachadas, monumentos e historia.

No sabemos con precisión cuántos ni quienes somos los invitados, pero yo, en todo caso, siempre lo fui y me he considerado un invitado numerario, todo un clásico  -y perdón por la inmodestia (no se fíen ustedes nunca de los excesivamente “modestos”: pueden ser todo un peligro)- sin el cual no podría dar comienzo el gran festejo de la urbe nocturna con sus diosas, sus formas, elipses, contra-elipses y latidos que sólo hablan, sabiamente, el idioma impenetrable de la luz dosificada.


(Ah, y repito: no se fíen, sí, de esos modestos excesivos: son todo un peligro y nunca se sabe por dónde te saldrán. ¡Qué miedo les tengo¡)

lunes, 30 de julio de 2018

28, NOVIEMBRE. 2014 
Segundo encuentro con Chopin. 


-Sí, señor Frédéric, yo he viajado con los acordes de su piano durante largas temporadas.  Por cierto, ¿ese apellido suyo es polaco?

Estábamos en un café semidesierto  y un poco descuidado.  Me miró. No decía nada.  Pero yo sabía que era él.

La noche anterior  había soñado que venía al gran café y que hablábamos de música, y de sus composiciones, y del amor, que para ambos era, como digo siempre, todo ese amplio Universo Femenino que no conoce fronteras (mi fascinación por Wein Min-Li, por ejemplo) en el misterioso mundo de las idealizaciones.

Me miró, con comprensión y ternura, y supe que esta vez iba en serio, que no era el Chopin frívolo y superficial que describí hace unos días aquí, venido desde su siglo XIX hasta el XXI tan sólo para desmadrarse, vulgarmente y echarle los tejos a las muchachas más despampanantes.  Y, ¿esto era verdad, o quizá lo soñé…?

Se levantó, acercó la banqueta al gran piano, volvió su rostro hacia mí, sonriendo, y, seguidamente, dijo:

-Esto va por usted, pues veo que no termina de creerse que, gente como usted y como yo, y tantos miles, hemos vivido realmente en un insólito y vagaroso universo donde, sí, amigo mío, dónde empieza la trascendencia, desnuda, pura, sin ornamentos superfluos ni banales, en carne viva.

Volvió de nuevo su rostro al piano y me obsequió, para empezar, con una Romanza, Largueto, del concierto 1º.  Luego, siguió con otro Largueto del concierto 2º y, posteriormente, arremetió con varios Nocturnos.

Aún siento la indeterminada y feliz desolación de aquella noche. ¿Dónde estuvo o se fue aquel tiempo? ¿En qué alado carro partieron sus horas?
Inesperadamente, encontré en el café a una mujer que dijo conocerme de una exposición mía de hace años.

Chopin seguía tocando, absorto, como en una dimensión indescifrable. 

Afuera, había un puesto  de flores que ya cerraba.  Compré unas rosas, volví al café y se las dejé sobre el piano, en agradecimiento.  ÉL me miró, e hizo un ademán, sonriendo, para que me fuera con ella, como si en realidad lo supiera todo de mí, o lo intuyese. 

Aquellas rosas fueron las únicas que yo he regalado a un hombre.  Seguramente, también serán las últimas.

Luego, salimos a la calle, ella y yo, por el ancho camino, sin miedo, temblando de emoción y vida.

El camino parecía largo, iluminado, levemente ascendente.

Cuando doblamos la esquina, antes de comenzar el viaje por  la enigmática superficie, aún podían escucharse los acordes del gran maestro del romanticismo.  Pero sin embargo, y no sé cómo, ella y yo ya estábamos a miles de kilómetros del café.
Nunca, desde entonces, he comprendido la magia inasible de las supuestas  y grandes distancias…


lunes, 23 de julio de 2018

DICIEMBRE, 2015?
(por la mattineeee…)     Inicio de la exposición en el Centro de Historias de                                                                       Zaragoza, enero de 2018.


No te compres un perro.  Utilízame a mí para tus momentos de perrerías.
Sabes que te amo más allá de la tarde.

Sabes que hay, para empezar, más de dos mil millones de tardes y, en este lapso-tiempo testimonial sólo nos pertenece una esquina metafórica de una tarde desvencijada cualquiera.

Utiliza –si así te parece- mi prosa, cualquier renglón al azar o palabra perdida de ésta.

He querido perder el “conocimiento”, el “sentido común” (qué bueno: ¡El sentido común!) y todo eso que nos hace y conforma la llamada “personalidad”, y voy ahora, por los caminos del mundo, desnortado, desbarroquizado de oropeles y poses que no quise nunca; y por regalar, incluso he regalado los cuatro puntos cardinales, ya que no los necesito para nada.  Y voy ahora, por todas las comarcas de la zona (que en realidad son el símbolo del mundo)…  el Bajo Aragón, los confines del Matarraña, el Priorat o, esta urbe anónima de ochocientos mil habitantes que a veces amo, sí, sus nocturnidades neo-literarias e incluso eternas.

Ya saben ustedes, sí: perder el Norte y el pudor es ganar la vida, y nunca es tarde para ganar la vida a saco, si, es decir: a lo bestia.

Llévame, entonces, cuanto antes, a la orilla simbólica de tu falda, como perro faldero sin dueño.  Llévame a la orilla o los márgenes de tus leotardos, tu camiseta, tu risa o tus ojos perdidos (deliberadamente).

He querido perder la compostura: esa que es tan preciada socialmente; bueno, ahora es que de nuevo me troncho/parto de risa: la preciada Compostura…, tan impostada ésta.  Y la he perdido par ganarte a ti, o a ellas, a casi todas… ay, ya casi en la periferia convencional y al límite de los sueños.
¿Tú me dejas soñar, todavía, o ya estoy fuera de tiempo, o, en tiempo de descuento?

He regalado prosas, textos, lo que sea, que deberían valer lo suyo –lo que fuere- en el Mercado periodístico-literario específico y concreto de las palabras.

Se regalan palabras como quién regala kilos de manzanas o tomates.  Pero yo, entiéndeme, es que no tengo manzanos ni tomateras, y sólo puedo darte/daros palabras recién horneadas en esta mañana que nace, y, en la que, curiosamente, a pesar de la niebla, sólo hay rotundas deflagraciones de luz allá por dónde mire. 

Y lo dicho, no te compres un perro, ni tú tampoco, ni tú,  Llévame esta tarde, si quieres, al convencional crepúsculo para ladrarle de nuevo por su reiterada ausencia hasta el día siguiente.
Y llévame –o iré yo solo, es igual-  de nuevo por todas esas comarcas agrestes y eternas en dónde, instintivamente, hace ya siglos, vi a todas las ninfas del mundo por vez primera.

Sé, perfectamente, que hay surcos nocturnos del tiempo en los que todavía me esperan, ellas, con sus voces de agua y sus gestos de Verdad.
Sé que existen, todavía, y en cualquier rincón te aguardan, nos aguardan, si las buscamos…


Pero yo, ahora, en este instante, sólo quiero ir navegado en pos del rastro y el volteo caprichoso de tu abrigo negro o de tu sombra, para ladrarte, quizá en la noche, versos libres de amor y miedo.

martes, 29 de mayo de 2018

10, mayo, 2018

Las manos fatigadas, las manos con heridas certeras, manos frágiles y huidizas que quisiera ignorar, pero,  ¿cómo ignorar la certera realidad física y agreste, concreta y explícita?

Hace tres días que las manos cedieron, cual fruta madura, a la acuosa pesantez del cuerpo mentalmente fatigado.  Sí: iba corriendo por el parque grande y, de pronto, el tropiezo con algo: una baldosa mal colocada y, seguidamente, el estruendo de todo el cuerpo aplastando mi mano izquierda.

Podría seguir banalizando lo que sólo es una drástica y simple caída y nada más; podría seguir hablando de lo cruento del peso de mi cuerpo lanzado sobre la desprotegida mano, pero veo el conjunto inmediato y natural de las dos manos, piadosamente ingenuas, ya levemente escamadas y escoradas hacia el tiempo implacable de los días sin ritmo y, entonces,  me sobrecoge su quietud.  Y quisiera pensar que esto que pienso no es así: que los días sí siguen teniendo ritmo y mis manos… aún pueden señalar, sentir, tocar, mirar sin sonrojo el perpetuo e ingenuo horizonte de un tiempo supuestamente detenido,  deseadamente detenido.



17, mayo, 2018

El misterioso secreto de las manos, la inercia sutil de un temblor que se ha domesticado dulcemente, levemente entre palabra y palabra, entre prosa y cielo, entre verso y café, entre estrofa y horizonte;  el viento eterno que ha forjado todos los cielos, todos los colores, todas las palabras y todos los textos.  Manos implorantes que sólo piden piedad dosificada, luz en las libretas, colores en el aire y, un poco de paz en las noches insomnes  donde el verso duerme bajo las sombras de la luna.

Ay, las manos, proyectando la vida con sus gestos, señalando sin pudor los ángeles apócrifos del cielo, mirando frontalmente el devenir existencial de los días sin futuro, cabalgando sin tregua sobre los horizontes reiterados, gastados, esos que han mirado mil veces con sus dedos ungidos por la sabiduría del tacto.

Las manos…, amadas, odiadas, paseantes, sedentarias, trabajadas, distinguidas.


Dame tu mano, en cualquier momento, a cualquier hora.  Dame tu mano, tú, sí, tú, antes que el viento de los años se lleve entre sus alas   todos los recuerdos y todos los presentes que hoy habitan nuestra extensa biografía.

En la foto: "El taladrador de cráneos" (o "El destructor del tiempo")

martes, 8 de mayo de 2018

24, abril, 2018

Los días siempre suelen ser, por lo general, un día cualquiera, un día más.
Los días son una nave que avanza en mitad del océano a no se sabe dónde.  La nave tiene un armazón de madera equilibrado y armonioso.  Los días, al igual que la nave, también tienen su armazón, éste construido de horas, minutos, segundos y, algún que otro acontecimiento pretendidamente glorioso que, al término de unas horas, o, un par de días, éste se volverá –y así lo veremos- groseramente vulgar e intrascendente.

Voy nadando, como puedo, sobre el agitado oleaje de los días en medio de una tempestad que no termina de tragarme hacia su fondo.  Avanzo, como puedo, hacia la silueta neblinosa de la nave perdida en mitad del océano.  Nado desesperadamente sin saber (y sin suponer) que la nave marcha a la deriva, sin rumbo, con todos sus ocupantes muertos sobre la cubierta de madera.

La gran nave, bien sea una sencilla metáfora o no, pues eso ya no importa gran cosa, es el gran largometraje de mis días, y sus días, ellos, aquellos seres que yacen en la superficie del gran paquidermo  perdido.


La gran nave atemporal es el símbolo certero para llegar, sin consciencia de ello, hacia la muerte.  Yo no lo sé, no lo sabía ni quiero saberlo: toda la superficie de esa gran nave está sembrada de cadáveres, pero tal vez sea el inexorable destino humano, nadar desesperadamente y en posesión de toda la plenitud vital, hacia la única referencia visible en el inmenso océano de nuestro limitado universo.




<<Avanza la gran nave>>. Gran Vía, Madrid.

jueves, 26 de abril de 2018

Serán  las secuelas del invierno, o tal vez del otoño, ya lejano; serán las secuelas de aquellos días de lluvia o, quizá, de aquellos desolados o impertinentes días de viento.  Será, serán, dios sabe qué implacables y absurdos acontecimientos que hoy pasan factura indefectiblemente, para nada.  Romperé las facturas virtuales que le debo a la vida, o, tal vez ella me debe a mí, no sé…, y no se lo reprocho en absoluto.  Sí, eso va a ser: ella me debe  a mí, pero, qué puede importar en pleno vértigo del abismo, en pleno abismo del vértigo del mundo.  <<¿De qué vértigo me habla usted a mí, yo, portador de todos los miedos de este mundo vulgar… escandalosamente vulgar?>>
He vivido la luz, y tú también:  todos vivimos la luz y todos descendemos, todos nos apeamos de ella porque, en puridad, no nos es posible soportar su constante luminiscencia.  He descendido de la luz  -tal vez expulsado-  para acceder a la insondable y obligada y cotidiana luz del universo.
<<Qué ha quedado, sí  -reitero obsesiva y conscientemente-,  después de la convulsa memoria, de los versos pensados, de las prosas vividas, de la intensa e implacable luz de los campos en la tarde…>>,  etcétera, etcétera.

¿Qué ha quedado, si es que quedó algo?