martes, 5 de diciembre de 2017

12, mayo, 2017.   LA CIUDAD

La ciudad.  La ciudad; llevo la ciudad casi en el  ADN, como se dice ahora, un poco recurrentemente, tontamente, pero, en este caso tal vez resulta cierto.

Amo la ciudad.  Hubiera deseado –lo he comentado más veces- vivir en una ciudad más grande.  Quizá en una ciudad más grande también sueñas más…  Al menos esa sería la supuesta proporcionalidad, en la que creo.
El encuentro con la mujer anónima, siempre asociada vagamente a la ciudad, es una posibilidad implícita, previsible, real.  Las ciudades son fascinantes porque están llenas de mujeres, además de arquitectura, que tanto me gusta.  Cada mujer que nos mira y, a su vez la miramos, sobrecogidos, siempre es (o hubiera sido) una posibilidad de literatura virtual, de ensueños, de dolientes y transitorios desmayos de esos que presentimos nos van a quitar la vida para siempre.


Y qué delicado y glorioso morir así, sin ruido, con tácita aquiescencia, cuando no hay mañana, sólo presente, el presente de las miradas en el que se desvanece el tiempo; todo el tiempo desvanecido en unos instantes.
He venido del otro lado del mundo en dos segundos, y, puedo decirte, sin temor a exagerar, después de tan largo viaje existencial de años, que eres bella, que sigues siendo muy bella, mujer honda, insondablemente profunda, polifacética y de una percepción psicológica difícil de superar.  Esto, es una valoración en frío, por supuesto.

Vengo del otro lado del mundo a buscarte, a confirmarte que siempre te he amado, sí, en este pequeño/gran mundo doméstico, nuestro, tan dilatado, tan inabarcable. Tan extraño, moral y estético.


Procesiones profanas, sutilmente eróticas, de mujeres desfilando por anónimas avenidas y ciudades a través de los años, siglos, milenios…   No se puede, nadie puede abarcar tanto exceso y variada escenografía de belleza con que nos obsequia la vida intermitentemente.   La vida: nada; mera enmarcación de la teatralización de nuestros días.  Pero al final siempre estás tú; al final siempre tu mirada, honda, mirada que traspasa sin pretenderlo; mirada que refleja años y décadas de la mía. Y yo te agradezco –no siempre- el silencio, tu rostro de agua, tu mirada de fuente en el bosque matinal, tus muslos bien torneados que deseo –tal vez ahora mismo-  y no me atrevo a solicitar, a tocar furtivamente. Tus muslos, que son como tu alma, y viceversa.  Tu rostro, tu busto, tus piernas y la síntesis de tu cuerpo: un universo de mística virgen sin concesiones a cándidos convencionalismos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

12, noviembre,  2015

Noviembre, al fin.  Irreversible noviembre.  La gesta de los días (si es que hubo tal gesta…) que ha precedido a su nombre; noviembre sedente, con sus horas maltrechas, densas, desordenadas e, incluso, algunas veces coherentes para construir así el final de un verano y, ahora, construyen/destruyen un otoño temeroso y previsiblemente aciago como pocos.


Noviembre, levísima sombra que puede escucharse sin ser vista.  Sus horas nos llenarán de noche extensa, lenta, abigarrada de confusiones entre un fragor de palabras dispersas y, quizá la miseria regalada y caritativa de algún que otro fugaz amanecer viajando inexorable a la deriva del invierno.  De todos los inviernos.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Decidme, dónde arribo los vocablos, en qué playa vencida por el letargo del sueño dejo las palabras.

Decidme, si puede ser, en qué abandonada estación me desprendo, con cautela, y también alivio, de esta prosa que me lleva mar adentro por los surcos vírgenes del tiempo.

Decidme, si pudierais,  qué nuevos vientos vendrán en esta noche a liberarme de la dulce pasión de las palabras, ese instinto que me obliga a no dejarlas, e incluso, siendo consciente que pueden matarme por la espalda mientras duerma, mientras duerma soñando, sí, contigo, con quién sea, en una noche fría y quieta, donde sólo se presienten los rumores que navegan sin prisa entre las rocas del sendero, sorteando los troncos de has hayas, acariciando quizá la corteza de los robles.

Decidme, sin reparos, bruscamente, si puedo contar con vosotros en esa noche quieta, esa, donde el tiempo ha partido a sus palacios estáticos este fin de semana para dejarme solo y abrirnos así, de par en par, las puertas del gran salón que conducen a la alcoba del amor.

Decidme, aunque sólo sea, si es que presentís igual que yo todo lo que intuyo en esta noche venidera.  O mejor, no me digáis nada, pues voy hacia el bosque, despacio, a comprobar si es así esto que pienso.
¿Quién de vosotr@s,  puede venir conmigo en estas horas extensas?

  
24 de noviembre, 2014

martes, 7 de noviembre de 2017

A modo de introducción.
Próxima exposición: Centro de historias de Zaragoza. Del 16 de noviembre de 2017 al 8 de enero de 2018.

En estos años de intermitentes sombras aciagas, algunos, tal vez hemos perdido el verdadero tono crepuscular de los distintos escenarios de la ciudad, tan dilatados, asombrosos, espectrales, periféricos y sórdidos.

Luego, también los cientos de paseos por largas avenidas en las que se desintegraba el día en otros cientos de sensaciones físicas y mentales; retazos de luces disgregadas que ya no encajaban con la llegada de la noche y, después, ya no sabías dónde archivar aquellas secuencias tan hondas, quizá sobredimensionadas –todavía- por los estertores de los distintos crepúsculos repetidos hasta el vértigo, o hasta la gloria, o hasta el miedo, sí, porque el miedo teje su labor siniestra calladamente, en la noche, mientras el amor, quizá, tal vez…, nos abandona probablemente para siempre subido en una barcaza que acabará por encallar en el desolado puerto de cualquier avenida.

Aquellas periferias industriales obsoletas que, en poco más de dos décadas casi han desaparecido.  El inexplicable abandono de luces en la tarde, sombras presentidas, silencios que duelen e inquietan, inesperado crepitar de maderas antiguas, batir de alas y palomas en las alturas de las grandes naves abandonadas.

La ciudad descarnada, desnuda: erotismo que grita y calla para arder en un llanto de pasiones pretéritas y  -hay-  venideras.  (¿Venideras?)

Y el amor, casi siempre, retorna/retornaba a la ciudad por los postigos más desprotegidos de  extramuros, o en la quietud indiferente de los cementerios donde, alguna viuda, aún confusa y dubitativa, todavía no era consciente del desgarrado esplendor de su belleza.


Un día vino al gran teatro la ópera  Madama Butterfly.  Y allí, desde el palco, solo, tuve la lúcida percepción de que jamás abandonaría la ciudad.

sábado, 28 de octubre de 2017

TEXTO INICIÁTICO DE EXPOSICIÓN.     Septiembre, 2017

Habiendo viajado, tal vez, por todos los desvanes del tiempo;  quizá habiendo surcado también algunos cielos a veces desvencijados, sin solución de continuidad.  Habiendo pisado los largos caminos ensangrentados por homicidas tormentas venidas desde la región del caos, hoy, hemos recalado en la magnanimidad del puente, o de todos los puentes, porque todos son el mismo puente.  Y eso sí que asusta.

Pasemos, pues, a la otra orilla, aunque sea con toda la crudeza de los sueños desvelados de grosera realidad, de insano escepticismo (tan reaccionario), de lo que sea…

Pasemos con urgencia a la otra orilla, pues en esta  -parece- ya todo se derrumba y, al menos esta tarde, no deseo morir.

¿Vienes conmigo a visitar la otra ribera por cualquiera de sus puentes?

lunes, 23 de octubre de 2017

11, abril, 2017.  LOS TECHOS,  II

A veces, en los techos de los cafés, tascas o periféricos y sórdidos bares, miro al techo, como hoy, y veo las estrellas parpadeando y temblando en el <<inmenso firmamento>>, estrellas que en pleno campo y de noche no percibo en la misma proporción por ser tan excesivas o, tal vez, por ser tan obvias en un escenario/decorado natural.

A veces, cuando miro al techo  (últimamente lo hago mucho porque ello me relaja y me colma de imágenes inesperadas)  veo el oleaje nocturno de cualquier playa; playas conocidas, de adolescencia o juventud, playas en las que nos bañábamos sin consciencia alguna de que nuestros cuerpos –luz  ya atardecida sobre nuestra piel-  eran sutilmente bellos, allí, en el extremo del crepúsculo.

Tomo un respiro, lento, muy lento, y vuelvo a mirar al techo.  ¿Qué ha sido de la vida hasta hoy? Sueños, divagaciones absortas y más sueños/ensueños.   Y, ¿qué había detrás de todo aquello?  Un universo femenino ilimitado, mujeres abstractas, genéricas, y reales también, claro, pero detrás de todas ellas estabas tú, siempre tú, ninfa con mirada de agua y noche clara atardecida, demorada; tú, siempre, directa o indirectamente en casi todos mis pensamientos.

Tu palabra, tu voz, tan necesarias para mi, así era y así es, pero lo supe mucho más tarde, quizá demasiado tarde, no sé…